Puedo entender el trance que alcanzan algunos devotos de la Virgen de Lourdes o de la del Rocío en sus santuarios. Es un asunto curioso, el de los estados emocionales. Cada cual gestiona su propio éxtasis como puede: unos, la religión; otros, la literatura, el fútbol; algunos pocos, el discurso de su líder; y muchos, la música.
Ayer, sin ir más lejos, diría que yo mismo entré en trance gracias a la música, o al menos eso creo. Y no me resulta extraño: otras 50.000 personas estaban en una sintonía similar en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona, conscientes de que formaban parte de algo memorable. Hablo de U2 y de su The Joshua Tree Tour. Nadie se abalanzó sobre Bono como si fuera la Blanca Paloma, pero entiéndanme: el momento generó esa sensación de evasión profunda que la música puede provocar en circunstancias propicias.
El comienzo del concierto fue vertiginoso, como una caída en montaña rusa: once canciones del legendario álbum, interpretadas en orden y sin pausa. El estadio parecía venirse abajo, sin tiempo para reaccionar entre tema y tema. Algunas personas se llevaban las manos a la cabeza; muchas alzaban los brazos como si cruzaran una meta. La esencia de los años ochenta se fusionaba con la tecnología de 2017 para crear un ambiente único, especialmente con Where the Streets Have No Name, que mantiene intacta esa fuerza inexplicable que parece capaz de mover el mundo.
The Joshua Tree ha acompañado millones de historias personales. En mi caso, evoca recuerdos intensos de adolescencia: el primer amor, los primeros excesos, el primer desengaño; en definitiva, el inicio de la vida adulta. Y, treinta años después, ahí siguen canciones como With or Without You, con una magia capaz de desarmar a cualquiera que la escuche en directo.
Permítanme añadir una breve valoración política del concierto, porque U2 también es política, como bien saben. Rara vez dejan una actuación al margen de la reivindicación social. No faltó la referencia a Donald Trump, pero me llamó más la atención otro gesto. El penúltimo tema se dedicó a las mujeres de todo el mundo —pasado y presente— que han luchado por los derechos humanos. “A todas las grandes mujeres en circunstancias adversas”, dijo Bono.
En una pantalla gigantesca se proyectaban imágenes de algunas de ellas: Marie Curie, Ana Frank o el colectivo Pussy Riot, entre muchas otras. Al final, aparecieron dos españolas: Clara Campoamor e Isabel Coixet.
