El amor mueve el mundo. Un país progresa cuando sus políticos aman la ciencia y el conocimiento sin complejos ni prejuicios, y cuando el poder se apasiona por la justicia social. Una ciudad es justa si sus habitantes se respetan y aman lo común. Las personas somos felices si nos sentimos queridas de verdad por aquellas a las que queremos de verdad. Parece sencillo, pero no lo es. Es una lucha diaria por la felicidad.
Hoy lo he apostado todo a esa fuerza que mueve el mundo. He subido los 238 escalones del campanario de la Seu Vella con la persona que más quiero y, una vez arriba, en el cielo, ante la ciudad que nos ha visto nacer y tanto nos ha dado, con ella como testigo, hemos cerrado por fin el círculo.
Ja sóc a mig camí de l’infinit.
