Llevamos días de sobresaltos monárquicos. Primero, el estreno del documental Salvar al Rey en HBO —corran a verlo, es imprescindible—, un brillante trabajo dirigido por el periodista Santi Acosta que viene cargado de espías, conspiraciones y pactos de silencio. Según explica el documental, toda la maquinaria del Estado se volcó en proteger al rey Juan Carlos y ocultar sus escándalos hasta que se decidió dejarlo caer para salvar la corona.
Después llegó la muerte de Isabel II de Inglaterra, acompañada, por cierto, de ese excéntrico luto oficial en Andalucía y la Comunidad de Madrid por una reina británica. ¿Cómo se digiere eso?
Y, por último, la visita de la reina Letizia al CaixaForum —Montepio, para los amigos— para participar en un acto de apoyo a la lucha contra el cáncer.
Lleida siempre ha mantenido una relación razonablemente buena con la monarquía. Digamos que ha convivido en paz con ella al menos durante este siglo y el último cuarto del anterior. El rey de España tiene, además, un vínculo notable con el Parque Científico y Tecnológico: fue él quien colocó la “primera piedra” en diciembre de 2006 y lo inauguró en octubre de 2009. Recuerdo que, en 2006, almorzó con representantes de la sociedad leridana en el restaurante del Hotel Pirineos —Pryca, para los amigos—. Aquel día, no pocas personas se congregaron a la salida para aplaudir al entonces príncipe de Asturias.
ERC siempre ha plantado estos actos sin acritud, algo comprensible tratándose de un partido republicano centenario y secesionista desde su fundación. En cambio, Convergència i Unió —hoy, en parte, mutada en Junts— acudía siempre con una sonrisa diplomática.
En democracia, todo lo que no pasa el filtro de una votación tiene pies de barro. Por eso, conocer científicamente el nivel de apoyo a la corona en Lleida es tan opinable como discutir el sabor del aguacate. Mi impresión es que Lleida —sus 140.000 habitantes, no solo sus opinadores mediáticos o activistas en redes— no es un lugar especialmente hostil a la monarquía. No sé cuánto suma eso a la ciudad, pero está claro que no resta.