A veces puede ser más relajante dejarse desollar por un charcutero ciego que dirigir un partido político. Los partidos son asociaciones de personas adultas unidas por ideales comunes, pero cuando toca hacer listas entran en modo The Twilight Zone. Hay personas encantadoras que sufren transformaciones propias de un Gremlin tras zamparse ración doble de alubias pasada la medianoche de la convocatoria electoral. Es un periodo de sorpresas con giros propios de película de Shyamalan donde A pasa a Z y Z a A según algoritmos esotéricos y eso que siempre ha sido blanco será unos días negro y luego ya veremos. Con el chupinazo comienza la sopa de letras. Emergen nombres y más nombres que suenan y resuenan y muecas cada vez que suena el nombre y caras de póker cada vez que suena el nombre. No envidio en absoluto a las personas llamadas a decidir candidaturas; es una misión sumamente desagradecida. Opino que es como una penitencia. Un amigo que antaño arrastró esa cruz me decía: “en cada congreso y en cada elección pierdo un amigo”. Pues eso, penitencia pecador.
Pasado el orgasmo de las listas los partidos encaran la campaña electoral arrastrando heridas íntimas que sangrarán en silencio hasta que una nueva candidatura las cicatrice. Queda
en el ínterin una asociación sosegada, imprescindible para el desarrollo de una
sociedad democrática.
El trago constituir órganos de gobierno de los partidos es similar, pero con matices, no es tan visceral. Al principio poca gente quiere
formar parte de las ejecutivas, pero una vez constituida suele darse salida de caballo y parada de burro. Sobre todo en la
gente nueva, tan necesaria en los partidos, que empieza con ilusión
salvaje para aflojar al comprobar en sus carnes la dificultad que entraña
innovar en política. Al final el proyecto rueda gracias a la plantilla en nómina del
partido; las mujeres y los hombres que lo empujan en silencio.
Recuerdo perfectamente cuando comuniqué a un inmenso político de Lleida que me iba a afiliar a un
partido. De hecho él llegó a presidir uno.
Ojalá lea este post y recuerde la conversación esbozando una sonrisa.
Fue algo así como: “m’afilio al partit”, “però què dius Guillermo! Afilia’t a
un club de golf home, seràs infinitament més feliç”. Tanto él como yo seguimos y seguiremos
siempre en un partido, exhibiendo con orgullo y cierta nostalgia nuestras
cicatrices