Los viernes por la tarde había fiestas de institutos en la discoteca Systema. Sitúense: estamos en los años 80 y pico. El trato era sencillo: los estudiantes acordaban con la dirección del local quedarse con la recaudación de taquilla, o con parte de ella, que iría destinada a proyectos como el viaje de fin de curso, y la discoteca, a cambio, ingresaba lo de la barra. La entrada costaba trescientas pesetas. ¿Cuánto es eso hoy? ¿Dos euros? Con quinientas pesetas tenías la tarde resuelta. Las fiestas más concurridas eran las del Gili i Gaya.
En el local había reservados. ¿Cómo se le explica a un chaval de hoy qué era eso sin resultar cómico? Y había sesión de lentas, donde echabas el órdago: triunfar o sufrir la espada fría del mal de amores adolescente, tan duro, tan dramático. Allí hervían las emociones hormonadas de la juventud.
A las diez de la noche todo el mundo estaba en casa: empezaba el Un, dos, tres y era impensable perdérselo. Y mientras buscabas a Ruperta seguías dándole vueltas a la tarde: al desengaño amoroso o a tus avances milimétricos en la conquista de esa chica o ese chico que te hacía perder el orgullo. El mundo era introspectivo: no podías desahogarte, o ahogarte del todo, en las redes sociales o en WhatsApp mientras seguías pendiente del destino de la pareja del Un, dos, tres. Tampoco había mucho donde elegir entre los tres canales de televisión existentes.
Leo en el Segre que el Systema será en breve una clínica privada. Giros bestiales de la vida. Quién sabe si aquella pista de baile será un quirófano o si los reservados de la tensión adolescente serán una sala de angustiosa espera de noticias médicas.
Varios edificios de Lleida, como en todas partes supongo, han sufrido transformaciones que dejarían perpleja a la más avanzada de las drag queens: de discoteca emblemática a clínica; de cuartel del ejército a parque científico y carpa de copas. El chalet modernista de los Camps Elisis lo pisé cuando eran las oficinas de la Fira de Sant Miquel. El mismo despacho de la dirección de la Fira pasó con los años a ser un club de música techno, que pisé a otro ritmo. Transformaciones radicales en la vida de las cosas.
Me pregunto si las paredes tienen memoria, si la energía de un lugar permanece de algún modo con el paso del tiempo. Hay culturas que creen que sí, que algo siempre queda. Quién sabe.